jueves, 13 de agosto de 2015

Salir de la burbuja feminista

He salido de mi burbuja.

Durante una semana he estado trabajando en un festival de música como camarera y cocinera en donde he tenido que convivir con muchas personas, tanto con el personal del trabajo como con la gente que estaba de acampada.

Ha sido como una hostia, una hostia enorme. Como darme de bruces al salir al mundo real. Digamos que todos los círculos con los que me relaciono habitualmente tienen algún tipo de contacto con el feminismo y de repente me he encontrado conviviendo una semana con gente que no sabía lo que significaba. En general se dice que está bien salir de la burbuja política-feminista de vez en cuando para no perder contacto con el mundo de afuera, aunque no estoy tan segura; yo casi me habría quedado encerrada en mi cueva platónica unos días más.

Lo primero fue ver una pareja de lesbianas desde la barra. O no, igual no lo eran, pero estaban cariñosas de la mano. Iban sonriéndose la una a la otra mientras se miraban y una cogía del brazo a la otra. Pues ahí estaba el cretino de turno, mi compañero de trabajo, gritando “¡Mira, mira, que son bolleras!”. Y todo el equipo mirándolas y riéndose. Alucinante. Ilusa de mí, está claro que dos tías no pueden ir cogidas de la mano sin que gilipollas se alteren al verlas.

En otro momento estaba pintando unos carteles anunciativos con los productos que teníamos para colgarlos afuera del chiringo donde curraba. Ahí me vino entonces el macho de turno: con músculos marcados por su camiseta blanca apretada, Ray-Ban, barbita de tres días cuidadosamente descuidada. “Apúntate ahí mi número de teléfono, mona, y te doy lo que quieras”. Vamos a ver, gilipollas: estoy currando bajo el sol que me da en la nuca y me hace sudar, tengo sed, me duele el cuello, quiero acabar la jornada y me vienes tú, payaso soberbio, a molestar con tus gilipolleces de chaval engreído. Paré de escribir y le dije que no quería nada que él me pudiera ofrecer; sus amigos empezaron a soltar alaridos por una respuesta así. El tío me insistió  algunas veces más con lo típico, pidiéndome el whatsapp, que le diera un beso o que a qué hora salía, hasta que le dije que estaba haciendo el ridículo y sus amigos terminaron llevándoselo. Pobre.
Había también en una zona del camping un grupo de tíos sentados con el síndrome de los cojones grandes, llevando carteles con numeritos pintados. Cuando pasaban chicas por delante iban levantando números puntuándolas y gritándoles a quiénes de ellas se follarían o cómo lo harían. Magnífico.

Estos sucesos son completamente cotidianos, no nos cuesta mucho imaginárnoslos. Estamos acostumbradas a los cretinos y a los machos y no es nada nuevo, podía aguantarlo perfectamente. Pero había otro palurdo con el que tenía que trabajar. El típico guapito al que le dices que te vas a duchar y te pregunta que si te acompaña. El típico al que le dices que te vas a dormir y te responde que si se puede meter contigo a la cama para que no pases frío. El típico con el que vas a la playa y te dice que te quites la parte de arriba para que no se te quede marca. El típico que juzga a todas las tías que le pasan por delante (“a esa con una bolsa en la cabeza me la follaba”, “esa no tiene tetas pero me la follaba de espaldas”). Y todos los días así.  Sus bromas eran estúpidas, me preguntaba que por qué no me reía y yo le contestaba que no me hacía gracia; el chico se desconcertaba un poco, no sé si alguna tía habría sido tan borde con él antes. Me llamaba mona, guapa, guapita. El típico, vaya, todas nos hemos encontrado con lerdos como él.

Me decía que me iba a meter mano. Cuando me metía en la tienda a dormir venía a comentarme que tuviese cuidado. Sus amigos me decían entre risas que tuviese cuidado con él por la noche. Me hablaba sobre las ganas que yo tenía de que él me diera caña. Ah, y creo que el chaval tenía novia con relación cerrada. Cuando se enteró de que yo tenía una relación no-monógama me contestó que a él le gustaría poder tener algo así, únicamente si su novia no estuviese con nadie más aparte de él. Vaya, que sorprendente e innovador.

Yo no tenía ninguna gana de hacer pedagogía con él, simplemente o era borde al responderle o le ignoraba. Acabé sin mirarle si quiera cuando me hablaba. Su presencia me molestaba y me cargaba el ambiente. Su tono de voz intentando hacer gracia me dolía en los oídos. Cuando me rozaba el brazo trabajando me daba grima. Sus bromitas, su risa tonta, sus continuos ligoteos indiscriminados con casi cualquier mujer que fuese a la barra a pedir y su forma de hablar de ellas: me pareció como volver al instituto.

No quería invertir mi tiempo en él, simplemente es eso. A veces a una le apetece explicar las cosas, sobre todo cuando vemos que hay posibilidad de cambio, por qué nos comportamos de una manera determinada o por qué algo nos irrita. Pero a veces no. A veces alguien nos importa ya tan poco o nos ha robado tanto las energías que directamente nos da igual su interpretación de la situación y lo único que acabamos queriendo es que se alejen y nos dejen en paz. No podemos perder el tiempo siempre con gente así porque acabamos desesperándonos y la situación se vuelve perjudicial para nosotras mismas: tenemos que tirar hacia la opción más sana, la cual es buscar nuestro propio bienestar.  Igual si hubiese tenido compañeras feministas al lado el contexto habría sido diferente, quizás habríamos querido explicarle algo a fondo para que rectificase. Pero no fue así y no me arrepiento de no haber querido desperdiciar mi tiempo con capullos del estilo.



Las opiniones que se publican no tienen por qué corresponderse con la de nuestra asamblea, pero vemos fundamental que podamos tener un espacio en el que expresarnos. Gracias por querer compartir con nosotras vuestras inquietudes y dar vida con ello a este blog, que tan sólo pretende acercar el feminismo y luchar contra el patriarcado.





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